Los ciervos mostrados en este post proceden del Japón.
Fueron realizados en el siglo XIX (finales del periodo Edo o principios del periodo Meiji) y son de bronce con una pátina negra profunda y lisa.
Tienen un tamaño considerable, alcanzando los 100 cm de altura.
Ambas obras fueron adquiridas personalmente por Henri Cernuschi durante su gran viaje por Asia entre 1871 y 1872 (poco después de salir del agitado Paris post-comuna).
A su muerte en 1896, las pieza pasaron a formar parte del legado que fundó el museo y hoy se exhiben en un lugar princiapal.
Lo que hace especiales a estas esculturas es, sin duda, la extrema sobriedad y elegancia que muestran.
A diferencia de otros bronces más ornamentados de la misma época, estos ciervos destacan por sus líneas fluidas: El escultor logró capturar la gracia natural del animal con formas redondeadas y una superficie tan perfecta que parece invitar al tacto (aunque resistan la tentación porque, por supuesto, está prohibido tocarlas).
Ambas piezas reflejan muy bien la maestría de los fundidores japoneses para representar el reino animal con una mezcla de realismo y una extraordinaria sensibilidad poética.
En la tradición asiática, el ciervo es a menudo un compañero de los inmortales y un símbolo de larga vida y prosperidad.
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